Camino al diario, domingo en horas de la siesta. En la vereda de Mendoza al 800 un amigo, Jorge, me saluda al paso. "Hola Juan, ¿y la familia?". "Bien gracias", respondo. Me estira la mano, se la estrecho y antes de soltarme me plantea: "Juan, qué se dice de lo que está pasando". Me sorprende, ensayo respuestas, pienso qué quiere que le diga, recuerdo algunos episodios económicos y balbuceo. Fueron tres minutos de charla, no más, en los que yo divagué, pero mi amigo dijo más de lo que yo esperaba, y con bastante información. "A esta altura, el año pasado tenía bastante trabajo, aquí y en otros lugares (presta un servicio de catering para fiestas); hoy no falta, pero no es igual", confiesa. Pienso irónico: "la gente no tiene para celebraciones, ¿se acabó la fiesta?". Él acota a manera de reflexión: "está bien, en cierta manera esto es un lujo". Lo apunta para sugerir que a la hora de invertir para darse gustos, la gente los evita si el bolsillo va a sufrir. O bien se puede decir que esos lujos son cada vez para menos gente. "Hace poco -sigue-, me crucé a comprar jamón al frente. No había, pero lo raro es la explicación que me dieron: no consiguen el plástico con el que envuelven el fiambre, que no se hace aquí y que no se consigue por problemas de importación". Tenía que aparecer Guillermo Moreno. "Un amigo que trabaja con elementos de computación -prosigue dando ejemplos- me dijo que la está pasando mal porque los insumos no ingresan al país. Y querés algo más gráfico de que las cosas no son como antes -remarca-, fijate, ya no hay casas de venta 'todo por dos pesos'. Aquí, en la esquina, cualquier adornito no baja de los $ 100". Y sí, con tantos datos no se puede menos que coincidir en que hay personas que soportan dificultades -como todos, unos en mayor medida que otros-, tal vez no las suficientes aún como para salir a la calle masivamente a protestar. "Mirá Juan, algo pasa", me dice y me despide con una frase tradicional: "suerte y saludos a la familia". Pese a todo, es un laburante optimista.